Madurar

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Los años pasan, las experiencias se van grabando y creemos que la correcta forma de ordenarlos es colocando números detrás de las acciones. Tenemos números para los segundos, los minutos, las horas, los días, los años, las décadas, los siglos, los milenios; sin embargo, cuando llega esa sensación de estar viviendo, no podemos concebir con certeza, ni nos importa, cuanto tiempo pasó.

Los años no pasan y el crecimiento es un ecosistema intelectual.

Nos creamos la idea de que «tenemos que…» y «vamos a…» madurar sin importar si adquirimos o aprehendimos realmente lo necesario para ello. La maduración parece ser cuestión de números, idealistas y pautados y no de interacciones con la realidad -árbol, flor, crecimiento, caída-. El escenario se torna grotesco al creer que se puede pautar y exigir tal evolución.

Exceptuando situaciones de interacción social adulta – impropias, creadas o corruptas por lo social -, nuestro ser es adulto en el momento en que interactúa con el pensamiento aplicado mientras sucede el fenómeno. Es decir: fuimos adultos para ese momento más allá de la concepción conceptual. Despreciar intelectualmente la maduración de la psiquis al compararlo con lo socialmente pautado es una suerte de herejía contra natura nacida desde nuestra ignorancia especulativa lingüística.

Basados en la culpa como controladora de ánimas, solemos confundir la maduración con la aceptación de nuestros errores como errores desde un espejo social, forzando situaciones degradantes para el ser. El reto es aceptar y comprender nuestro actuar, aprender la maduración desde un espejo sensorial para dejar de alimentar el desprecio y el daño hacia otros seres y lo uno.

Procusto ha llevado a cabo su indecoroso cometido sin comprender que el ser no crece ni cambia de tamaño, sino que, simplemente, su interacción muta – y mutúa -.


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