Fiama

Se eleva ante mí como bandadas de colores de formas angulosas, irregulares, cortando el aire, desembocando en vientos huracanados y tímpanos desmembrados.

Continúa; acariciando, golpeando, gritando; mi piel se eriza y los momentos son todos en uno. Resonante. Clamores y un sin fin de músculos tensados; la desesperanza muerde mi pecho para, finalmente, caer atónita y disuelta al escarchado suelo.

Una fémina que se cree violín abraza mi torso y, en mágico ritual, exclamante, resplandece en sombría escena esquivando obstáculos a gran velocidad por la autopista de lo que no tiene tiempo; es parte de un tiempo único y certero, éste, el nuestro, el nocturno.

Avanzó ante mi como un felino en busca de su presa, inesperada y tenaz; corrí hasta el hartazgo por calles llovidas, atravesando el concreto y neón para llegar a su cintura. Lo recuerdo como si fuera hoy: la desnudé lentamente; mis lágrimas se secaron cuando comencé a acariciar sus cabellos plateados y dorados. Curé mis heridas.

Los versos caían, como en gotera, de uno en uno; torturante.

Hoy, mi mano marca compases hasta explotar en centellante paraje, ¡cualquiera sea! ¡Sí! ¡Cualquiera sea!, pues siempre será el nuestro, el de tu piel limonada y mi garra desenfrenada, el de tus sonidos y mis melodías, ¡oh, noble Fiama!, ¡concédeme una brizna de tu sabiduría!


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