El Monstruo en el Cosmos

En busca de la Identidad a los bordes del orden espontáneo1.

Introducción

Cuando era pequeño leía mucho, muchísimo. En casa teníamos variedad de lecturas: nuestra biblioteca estaba repleta de enciclopedias y algunas obras clásicas que disfrutaba explorar. A pesar de mi interés por estos textos, mi debilidad eran los comics. Cada vez que mis tías venían de Rosario, traían varios para mantenerme entretenido y en silencio. Y funcionaba. Pasaba horas con la panza en el suelo frío de la galería, leyendo e inventando mis propias historietas.

Un día, en el kiosco de revistas de mi pueblo, encontré un comic de Frankenstein. No era cualquier comic: parecía un libro. Tenía una cobertura impresa a color en papel ilustración brillante de alto gramaje. Al quitarla, te encontrabas con tapas texturizadas, totalmente negras, con la inscripción «Mary Shelley, Frankenstein» en rojo sangre.

Con la adolescencia surgieron mis primeros inconvenientes anímicos serios. Las dinámicas sociales y lo sensorial comenzaban a problematizarme. La situación se agravó cuando me mudé a Rosario2 para estudiar Filosofía. La «socialización a lo desconocido», los nuevos entornos y los estímulos sensoriales se extremaban en la ciudad. Sin internet ni cable, opté por llevarme libros, entre ellos, el comic. En una noche de insomnio decidí releerlo: no pude evitar sentirme identificado con el monstruo. Seleccioné varias citas y las pinté por toda mi habitación. Abandoné mis estudios a fin de año, aunque intenté retomarlos en varias ocasiones. La última de ellas, durante la virtualidad post cuarentena del COVID-19. Vestigio de ello fue «mi último baile»: las antropotecnias.

Entre lectura y lectura sobre dicha temática, retomé la búsqueda de mi identidad fragmentada, aquella que advertía reflejada en la criatura de Frankenstein. Así llegué a un nuevo diagnóstico, uno que parecía hablar de mí: estoy dentro del espectro autista. Esto explicó muchas cosas y me dotó de recursos «válidos» tanto para mi inclusión como para mi resistencia a una sociedad centrada en la eficiencia. He recorrido un intenso camino desde patologías biográficas, estigmatizadas y estigmatizantes, hasta la observación de determinantes exógenos que podía atenuar. Fue en ese momento que decidí hundirme en la pluma original de Shelley. Con ello, veinte años después de mi última lectura del comic, abracé mi sombra.

Por lo expuesto, he decidido que en las siguientes páginas abordemos juntos la novela «Frankenstein o el moderno Prometeo», específicamente, la versión madura y revisada por su autora de 1831. En dicha edición, se profundiza de manera significativa en la psique de la criatura creada por Viktor Frankenstein. Posteriormente, exploraremos posibles resignificaciones a través de una relectura de Gramsci y Hayek.

Nuestro objetivo será proponer caminos que nos lleven a repensar la eterna colisión entre la creatividad abrumadora y la criatura abrumada. Exploraremos, principalmente, el lugar de los individuos teratológicos, monstruosos, anómicos, en el cosmos. Sucede que, nosotros, residuos del exultante acto creativo humano, no cesaremos de reclamar nuestro lugar.

Frankenstein

En la primera versión de «Frankenstein o el moderno Prometeo» de 1818, Mary Shelley nos presenta a la criatura como un ser trágicamente elocuente e inteligente y sus turbaciones por la soledad y el rechazo eran palpables. Sin embargo, en la versión que trataremos en las siguientes líneas, la revisada de 1831, la criatura intensifica sus emociones, complejizando su objeto en profundas reflexiones morales y existenciales.

En el prólogo, Shelley nos revela que la obra surgió como mera diversión, con el anhelo de «exponer la bondad del amor familiar». Sin dudas, será una interesante premisa para abordar el marcado contraste entre las relaciones de Viktor con su familia y con su criatura. Para empezar, ni siquiera la dota de un nombre. Sin embargo, esto no impedirá que la subjetive, constantemente, en términos «muy sugerentes» tales como: engendro, monstruo miserable, repulsivo demonio, masa inmunda, ser diabólico, infame ser, plaga y diferentes derivaciones y conjunciones como engendro demoniaco.

Encontramos esta deliberada anomia en la criatura, saciada en términos de manifiesto rechazo, proyectada también en su experiencia vivencial. Situada mayormente en la marginalidad y una insondable soledad, solo las cimas desiertas, los desolados glaciares y las heladas cavernas no le son negadas. Su mortificación llegará al punto de que, sobre el final de la novela, se autodefinirá como «yo, el infeliz, el proscrito, soy el aborto»3.

Los sentimientos de desesperación y venganza, matizados por la búsqueda frenética de pertenencia, se hacen palpables en nuestro ser monstruoso. «Estoy irrevocablemente excluido»4, le afirma a su creador en su primera y exquisita charla. Luego, sugiere una solución a su conflicto: una compañera que compartiera su naturaleza. Con ella, si bien vivirían una existencia infeliz, serían inofensivos. El afecto de otro ser con características similares le permitiría incorporarse a la cadena de existencia5.

La quimérica posibilidad de convivencia que envuelve a nuestro personaje, batida a lo largo de los tres volúmenes y sus veinticuatro capítulos, nos remite a temas más allá de la responsabilidad del creador y lo universal del sufrimiento6. Mientras que el refinamiento narrativo de Shelley humaniza a la criatura, sus interacciones con los diferentes personajes y escenarios en la trama la deshumanizan constantemente. Esta dinámica paradoja desencadena una exploración filosófica, profunda y ardua. Similar a la exploración realizada por Frankenstein, rumbo al polo norte, para poner fin a su creación y, con ello, saldar su deuda con la humanidad.

En lo que a mi viaje literario atañe, el siguiente pasaje ha sido un punto de inflexión que me llevó a redactar estas líneas:

«Comprendía claramente que, aunque deseaba dirigirme a mis vecinos, no debía hacerlo hasta no dominar su lenguaje, conocimiento que me permitiría hacerles olvidar lo deforme de mi aspecto, de lo cual me había hecho consciente a través del contraste».

Shelley, M. (2004), pp. 88.

La criatura acudirá al lenguaje para trascender las limitaciones de su mundo; depósito de memoria y sentido, dador de coherencia, generador de rituales de significación, puente para subvertir su condición de «monstruo». Buscará ser vista y valorada en toda su amplitud por el cristal de una expresión profunda y contemplativa, tan arraigada en el ethos7 y habitus8 de Frankenstein. Con sobrada inocencia, confiará que su aspecto físico pasará a un segundo plano si su voz es eco de distinguida civilidad. Spoiler alert: parece que el lenguaje no será suficiente. Lo creado, tras ser lanzado al mundo, voltea a observar a su artífice, pero sus miradas no logran encontrarse.

Necesita transformar las dinámicas de poder que lo empujan una y otra vez hacia el borde, un borde que navega y reconoce claramente en su discurso. Este borde, por momentos, se torna precipicio desde el cual cae. Buceando en anomia9, requiere una apertura hacia realidades no contempladas.

Nuestro personaje se encuentra en una superposición de estados incompatibles. Por un lado, es material y analógicamente deforme según el ideal que ha observado, se encuentra inhabilitado de encontrar su lugar en lo humano. Por otro lado, desde el dolor, reconoce mejor que nadie el vacío que esto ha generado. El excluido, en su búsqueda de pertenencia, recorre el pliegue de la parodia social. Reconoce sus dobleces, sus vueltas, sus caras ocultas: el espacio que le es negado se revela ante sus ojos totalmente desplegado.

Frankenstein, ignora incluso el detrás de escena en su caminar o al levantar la mano para pedir un café en un bar. La criatura habita una dualidad a la que Viktor, creador y reflejo, nunca logrará acceder. Arrojo heideggeriano en un mundo ya constituido, cargado de significaciones, que lo excluye. Caída sin freno que termina uniendo a ambos en la tragedia; «no ripcord»10. Ausencia del cordón umbilical que suele unirnos a la humanidad en actos de cuidado, aceptación y protección. Dinámicas identitarias, de inclusión y exclusión; pertenencias, reflejos, carencias que resuenan y se entrelazan en la compleja narrativa del personaje.

La novela concluye con descripciones de las potencialidades dilapidades por parte de Viktor y el sacrificio de la criatura. Los personajes no lograron encontrar respuestas a la colisión entre la creatividad abrumadora y la criatura abrumada; técnica y objeto. Quizás, el error de la criatura fue pensar que, por utilizar las mismas palabras, hablaban el mismo idioma. No: sin un honesto anhelo de comprensión mutua, nuestro mundo permanecerá cerrado. Tampoco debemos desestimar la concienzuda problemática planteada por Frankenstein. ¿Qué sucedería si la segunda criatura no adhiere al pacto consolidado? ¿Qué si inician «especie de engendros» que podrían dominar al mundo? Desde su impenetrable imaginación, estremecida ante la deformidad y colmada de rigurosidad bella y noble, suena válido.

La aporía en Shelley alcanza la brecha retorcida entre creador y criatura que perpetua el conflicto en mundos cerrados. Una serpiente que muerde su propia cola y servirá de modelo para futuros distópicos de IA. Sin embargo, podemos estar tranquilos, las máquinas no se rebelarán. No. Solo fue una pequeña desatención ortográfica: tras el atardecer de nuestra corporalidad se revelará la estructura procusta11 que nos mutila y zurce a su antojo.

Organicidad

El filósofo italiano Antonio Gramsci en su texto «La formación de los intelectuales»12, nos introduce a las funciones y la naturaleza de los intelectuales. Desde su óptica, todos los seres humanos somos intelectuales: incluso el trabajo más mecánico y degradado requiere una «cualificación técnica» o intervención intelectual. La distinción efectiva entre intelectuales y no intelectuales se realiza desde su función social.

Cada grupo que se desarrolla hacia el dominio creará, afirma Gramsci, una capa de intelectuales o individuos especialistas. Estos expresarán, articularán y promoverán los intereses y la visión del mundo de su grupo, homogeneizando y concientizándolo acerca de las funciones económicas, sociales y políticas que debe profesar.

Explorará también dos formas principales en la génesis de estos individuos: tradicionales y orgánicos. Los intelectuales tradicionales, advierte Gramsci, se sienten parte de una ininterrumpida continuidad histórica. Si bien son autónomos del grupo social dominante, tienen una clara ligazón a categorías o estructuras precedentes. Cada grupo social emergente, intentará asimilar y conquistar a este tipo de intelectualidad.

La «conquista» de la visión del mundo imperante, dirá el gran Antonio, será más rápida y eficaz si es llevada a cabo por «intelectuales orgánicos». Organicidad, confluencia de materialidad con conocimientos teóricos. La superposición de estados monstruosa nos sobrevuela. Dualidades, intersecciones sociales fantasmagóricas en el ethos que busca comprenderse.

El «intelectual orgánico» gramsciano se encuentra vinculado e integrado a una clase social emergente, no solo de forma material, sino también histórica. Son individuos con la capacidad de desarrollar una conciencia crítica basada en su experiencia. Conciencia que construirá un puente entre barrancas desconectadas por viejas estructuras que ya no las pueden contener ni satisfacer13. Una revelación en el tejido social intelectual de clases marginales o subalternas remitidas al olvido, a lo anómico.

Ahora, trabajemos estos conceptos con el hilo que recorre estas páginas. Desde aquí, entenderemos a los grupos sociales como conjuntos de especificidades definidos por dinámicas de inclusión/exclusión, en construcciones sociales limitantes y desbordadas. Presencia y ausencia; accesos.

La criatura de Frankenstein nos observa en posición reflexiva, escrutándonos desde aquella colisión entre creatividad y criatura. ¿Será que los conceptos de «maldad» y lo monstruoso son simples contracaras inevitables de todo acto creativo?

El ser humano se encuentra en constante devenir, cambiando al compás de las relaciones sociales14. Sin embargo, el intelectual tradicional, atrapado en espejismos y realidades fantasmales, vive en herencias de inercia y pasividad. Percibe el pasado y el futuro, pero no el presente15. Con pluma certera, Gramsci expresa que

«La realidad abunda en combinaciones de lo más raro, y es el teórico el que debe identificar en esas rarezas la confirmación de su teoría, “traducir” a lenguaje teórico los elementos de la vida histórica, y no al revés, exigir que la realidad se presente según el esquema abstracto».

Gramsci, A. (2014, pp. 312).

Quienes podemos imaginarlo, debemos el cuidado y la metabolización de esa experiencia corporal monstruosa, que no encuentra el correlato en lo establecido y busca significarse. En nuestra novela, fue la criatura quien intentó traducirse a Frankenstein, invirtiendo el esquema.

La revelación de saber y voluntad en grupos marginales o divergentes constituye una parte invaluable de la experiencia humana como colectivo. Las intersecciones soma:diánoia16, que no encuentran su reflejo en las estructuras, son información esencial del ser que nos socorre de la fosilización en esquemas, asfixiantes, históricos y antrópicos. Esquemas ínfimos en relación con un cosmos en continuo equilibrio creativo. Esta percepción debe ser revalorizada como una característica humana inevitable, no como algo incompleto, «quasi modo».

Cosmos

Si hablamos de «combinaciones de lo más raro» y la necesaria identificación de estas por parte del teórico, sería pertinente remitirnos a Friedrich Hayek y su «orden espontáneo». En «Cosmos y Taxis», Hayek conceptualiza al orden como una situación en la cual una multiplicidad de elementos está interconectada de tal forma que, a partir del conocimiento de alguna parte del conjunto, podemos prever el comportamiento de otros elementos17. Predicción; la flecha del tiempo histórico se dispara. La criatura de Frankenstein apunta conceptos acerca de la decisión de Viktor.

En páginas sucesivas, el autor realizará un fascinante desarrollo que distingue ordenes constituidos, taxis, y los espontáneos, cosmos, resaltando la ventaja de estos últimos. Taxis responde a sistemas ordenados deliberadamente por factores exógenos, como individuos o instituciones, y su carácter es artificial. Por otro lado, cosmos, surge de forma endógena, sin planificación central y sus reglas emergerán tal proceso evolutivo. Estos órdenes, explica Hayek, deben ser descubiertos por nuestra inteligencia y reconstruidos «rastreando» las relaciones existentes. La idea se hace sencilla a la luz de nuestra última cita de Gramsci: la teoría debe surgir de la práctica y no como imposición de un esquema abstracto a la realidad.

Hayek remarca que, si bien la idea de organicidad se ha utilizado desde la antigüedad para hablar de lo social, puede traer cierta confusión. En los órdenes orgánicos, observamos una menor movilidad y mayor constancia de los elementos lo que nos permite percibir su estructura fácilmente y, a la vez, justificar concepciones jerárquicas. Por lo tanto, el orden social no puede ser impuesto de manera rígida desde una autoridad central, sino que debe surgir de la interacción dinámica entre las reglas establecidas y el conocimiento disperso en los individuos, que nadie posee en su totalidad.

Las circunstancias particulares a las que cada individuo reacciona y procura equilibrar, son factores que operan solo sobre él y que solamente él reconoce. Este proceso de equilibrio se destruiría por determinaciones surgidas de un conocimiento distinto y al servicio de fines diferentes, provenientes de un organismo externo18. En tal caso, los agentes dejarían de responder a sí mismos, rompiendo el orden espontáneo. Insiste, reiteradamente, en que se debe confiar en las fuerzas que lo conforman; la interacción de muchas mentes individuales es lo que permitirá adaptarnos a lo imprevisible.

Si esto es así, ¿por qué desperdiciamos tanta información procesada por grupos marginales, ahistóricos? ¿Cómo definir el «comportamiento desviado» y el «comportamiento correcto» al que se refiere Hayek?19. Nuestro autor expone que la sociedad solo puede existir si se han desarrollado reglas que hagan posible la vida social. Es válido. Sin embargo, queda por definir si estas reglas se adaptan a la dinámica de los «elementos» y a la información y conocimiento que han reunido, o si permanecen estremecidas ante la deformidad.

Finalizando nuestro tejido, podríamos considerar a los intelectuales orgánicos como aquellos capaces de superar la colisión entre el creador y la criatura. Agentes enredados en la creatividad avasallante, intentando desenredarla como a luces de navidad en diciembre. Dinámicas de juego y error que abruman a la criatura con sobredeterminaciones exógenas.

Somos seres con una cierta carga preindividual, de potenciales que proponen excesos; pleonexía. Enclave inconcebible para otros seres en la naturaleza que se encuentran suspendidos en «puestos fijos que, al menos cuando el organismo ha llegado a la madurez, conservan para siempre»20. Concepto esbozado por Hayek, muy caro con respecto a la neotenia21.

Desde este horizonte, podríamos expandir estos conceptos en diversas direcciones. Una de ellas podría ser la rectificación de los nombres confuciana, entendida como un proceso integral de ajuste que busca la correcta definición de funciones, identidades, deberes, privilegios y responsabilidades. Sin esta rectificación, dirá Confucio, el lenguaje no tiene objeto, los castigos y las penas erran su objetivo y las personas «no saben donde están». Emerge, una vez más, la superposición de estados. Dominemos el lenguaje establecido para subvertirlo en nuestra dualidad y, así, abrir la multiplicidad del mundo a una nueva convergencia.

Considero que Thatcher, Fukuyama y el capitalismo como «fin de la historia»22 remiten a una, clara y tergiversada, convergencia prematura de la que necesitamos salir. Por este motivo, nosotros, el aborto, residuos del exultante acto creativo humano, no debemos cesar en el reclamo de nuestro lugar.

¡Divergencias del mundo, uníos!

*  *  *

Diego Baigorri (C) 2024

Bibliografía

Gramsci, A. (2014). Antología, Vol. 2. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Hayek, F. (1979). Cosmos y Taxis en Derecho, legislación y libertad (Vol. 2: El espejismo de la justicia social) (pp. 57-78). Madrid: Unión Editorial.

Shelley, M. (2004). Frankenstein o El moderno Prometeo. Libros En Red.


Notas

  1. Monografía presentada en el concurso de Librevista (Uruguay).
  2. Santa Fe, Argentina.
  3. Shelley, M. (2004), pp. 181
  4. Ibid., pp. 78.
  5. Ibid., pp. 116.
  6. Ibid «Ningún padre había vigilado mi niñez, ninguna madre me había prodigado sus cariños» (pp. 95). Más adelante, en tinta heideggeriana, la criatura expela: «Me habías dotado de sentimientos y pasiones para luego lanzarme al mundo, víctima del desprecio y repugnancia de la humanidad» (pp. 110), llegando al «Tu no entiendes que eres culpable» en pp. 115.
  7. Se refiere al conjunto de atributos singulares, valores fundamentales y normas éticas que definen la identidad y guían el comportamiento de un individuo, grupo o sociedad.
  8. Disposiciones, hábitos y estructuras mentales internalizadas que guían el comportamiento, las percepciones y las acciones de los individuos en su contexto social. Es un concepto trabajado por Pierre Bourdieu.
  9. En términos filosófico-políticos y sociológicos, la anomia se refiere a una situación donde las normas sociales están confusas, débiles o ausentes, lo que lleva a un estado de desorden o desintegración social.
  10. Ripcord es una cuerda o cable utilizado en equipos como paracaídas o parapentes que activa el mecanismo de apertura del paracaídas, permitiendo un aterrizaje seguro.
  11. Remite a Procusto que, en la mitología griega, era un posadero que ataba a los viajeros a su cama mientras dormían, luego, los amordazaba y, estirándolos o amputándoles extremidades, hacía que encajaran perfectamente en ella.
  12. Gramsci, A. (2014), pp. 388-396.
  13. Ibid, pp. 274.
  14. Ibid, pp. 280. | «El ser es la relación», afirma Simondon.
  15. Ibid, pp. 299.
  16. Conexiones profundas entre la experiencia corporal y el pensamiento.
  17. Hayek, F. (1979), pp58.
  18. Ibid., pp.74.
  19. Ibid., pp.66.
  20. Ibid., pp.76.
  21. Entendemos por neotenia la retención de características juveniles en la vida adulta. A diferencia de muchas otras especies, donde el desarrollo adulto implica una estabilización y fijación de las capacidades, los seres humanos poseemos esta aptitud. Esto puede interpretarse como una ventaja evolutiva, ya que nos permite adaptar a nuevos entornos de manera más flexible y eficaz. Podemos leer y ampliar en Gould (2007): «este fenómeno de retraso del desarrollo es común en la naturaleza: se denomina neotenia (literalmente, “perduración de la juventud”)». Gould, S. J. (2007). «La medición de los cuerpos: Dos estudios sobre el carácter simiesco de los indeseables» en «La falsa medida del hombre», pp. 107-143. Ediciones Orbis, S.A., Buenos Aires.
  22. Fisher, M. (2018). «Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo» en «Realismo Capitalista ¿No hay alternativa?» (pp. 21-39). Buenos Aires, Caja Negra Editora.