Las veredas eran estrechas y las personas se movían como un puñado de arena deslizándose por un tobogán; anaranjado. El aroma a café provocó en mí la necesidad irrecusable de desayunar. Divagué entre bares: hola, buen día; entrada y salida, tire y empuje; cobardía.
Abrí una última puerta y los vi, eran dos en una mesa. Uno de ellos me
miró, el otro movía su cabeza como esos perritos en las lunetas de los autos. Secretearon
y me ofrecieron un lugar: disculpen, debo retirarme, sentencié. Di
media vuelta y, a mi espalda, el joven dijo: no se preocupe, sucede a
menudo, el lenguaje en sí es un intertexto. Lo miré confundido, al son de
su sonrisa el anciano soltó apaciblemente: el Mundo es un intertexto; el
tiempo también lo es.
2019.