
No soy ni músico, ni escritor, ni cirujano, ni pintor, ni mago, ni suicida, ni inspector. Solo soy «yo», a veces, apenas vos. Lo único que puedo asegurar es que todos tenemos tendencia a perder nuestra vida – y la vista -.
En ocasiones, el que revoluciona la pintura, es cocinero, arquitecto, ingeniero, dibujante; el pintor «pinta» mientras que los demás apuestan colores, formas y texturas que creen necesarias, no lo necesario. Así suele suceder: el que no sabe pone lo que cree necesario, el que sabe, lo necesario.
Saben lo que es necesario todos los que saben y lo que se cree necesario, aunque otros puedan deducirlo pos-figuración, solo lo sabe el que lo así lo admite; el que ha sido instruido y, en ocasiones, cegado, limitado. La necesidad suele partir de una certeza – ¿convención? – o capricho de posesión.
De ahí las revoluciones y el ciclo que comienza cuando alguien ve más allá de lo estrictamente necesario para llegar al resultado; el que crea defectuosa, quasimodamente. El que no ve solo lo que se quiere que se vea – necesario -; muchas veces la sabiduría se encuentra ignorada en el que cree nada saber.
Todos tienen su dificultad, pero ninguno una limitación. El que sabe debe elegir que saber y como y cuando romper su sabiduría y, El que no sabe, debe aprender a saber elegir y como y cuando su sabiduría es sabiduría y, tal vez, también el porqué.
Muchos son los impostores que, en busca de este precepto que anuncio, intentan adjudicarse excelencia; cual decae en gracia cuando comienza a convertirse en tendencia. Lo igual es lo que el gentío desea, la mera imitación homínida -y casi homicida– de la sapiencia. Lo diferente es lo que los airosos eruditos desean para ser únicos y mirar sobre el hombro a otros. El sabio busca el equilibrio y su ruptura en continua evolución; esencia, decadencia, decencia.
© 2007