El pato que busca ser feo

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Las tres cuartas partes del año pasaron, quedaron atrás como pan ante una salsa a «la-Lien». Cronos se devoró estos meses sin dejar tiempo de meditación. Ante un sinfín de conjeturas reflexiono si la punzante mirada sirve de algo, ¿por qué martirizarme?

Falacias en paladares que creen engullir el mejor plato jamás creado y en cocineros que sostienen ser los más hábiles que el mundo ha degustado, ¡tantos he visto abandonar la búsqueda de su propia receta! Tantos buscando adueñarse de algo nuevo de lo cual comer.

Sucias son las aguas de la cultura que busca evangelizar – en ocasiones posculturalmente – en vez de construir -nea- cultura; boquetes y cañonazos le deparan a aquel que busque romper con lo establecido. Íbidem

Al principio hundirán nuestro arte, las escuelas y las críticas están formadas por teóricos, pocas veces por sabios -conocedores de la acción-. El palabrerío es cosa de ciegos, sordos y mudos, de aquellos que oyen el eco de la caverna pero que nunca han vivido en ella. Sin embargo, cada uno mide el arte que ve desde su perspectiva y el que no lo ve, busca la visión colectiva.  

La educación actual se asemeja a una evolución de la servidumbre, su preludio y preparación. Hoy, la educación construye – suave, medida, dócil y solidariamente – a egos, seres descreídos y resignados de evolución y su propia capacidad. Nos enseñan a enseñar, nos evita el caos creativo. Encendiéndonos de gratitud, nos sumerge en la actitud y arrogancia de creadores, pero no a ser uno. El contenido no importa si la apariencia cumple su impronta.

Dadá nos lo regala, nos pone en manifiesto lo crédulos y viscerales que somos con respecto a la crítica. Hoy el arte es humor sofisticado y costoso; la crítica y reflexión, poco a poco, fue reemplazada por lo risueño y lo simpático, lo fuera de norma que, luego de provocar la sorpresa, sigue su camino normalizador.

Aquí es donde noto al arte simpático simbólico y el arte pathos simbólico.  

El arte simpático simbólico es aquel pathos que busca ser «feo», aquel que ve en una revolución figurativa el eje de su carrera, aquel que asegura su carrera en una revolución premeditada. El arte de pathos simbólico es aquel que nace «feo», aquel que es una revolución figurativa exquisita y genuina del ser y que, al crear un estilo particular, suele amoldarse un poco a las variantes existentes para poder ser captado. Muchas veces el primero esconde al segundo, lo hace pasar desapercibido hasta que su movimiento interno es comprendido finalmente.

Digo «feo» porque está en contra de los principios de belleza establecidos. Tal vez encaja perfectamente con el modus operandi convencional, pero alguno de sus elementos desencaja total o parcialmente. En el segundo caso es hasta que madure el estilo, tal vez gradualmente, hasta llegar al punto culmine; no subestimemos la belleza de la fealdad madura.

Leí por algún lugar, no recuerdo donde, una frase que decía: «un gran grupo de defectos forman un estilo» y, sin querer, encontré las palabras para terminar de definir el concepto.

Un grupo de «defectos», de cosas que en cualquier esfera de la cultura humana «molestan», son las que crean una nueva visión, un nuevo estilo, un nuevo nacer.

Creo que la humanidad está llena de defectos grotescos que crecen como tréboles en primavera porque el mismo sistema de involución los necesita para ahogar lo que puede ponerlo en peligro; haciendo gala de que el hombre no solo busca belleza, sino también caos; caos y belleza, delirio, como espejo de la captación de la vida y su sed de evolución.

El arte pathos simbólico es el que crea belleza y nace en el caos y, a su vez, es el que crea caos y nace en la belleza o crea belleza y nace en la belleza o caos y nace en el caos.

El caos es aquello que evitamos mirar de frente y sumergirnos, tiene miles de formas ignoradas e incomprendidas que se pierden en la potencialidad de lo eterno. El caos es caos hasta que un ser produce el quiebre cognoscitivo para comenzar su traducción y, de ser viable, se comprende y delimita, dejando de ser un caos puro para ser un concepto abstracto –caos primario- y, tal vez en un futuro, ser concepto binario cotidiano –belleza primaria-. Luego, si su adaptación es viable, puede abrir un nuevo lenguaje simbólico pautado que haga conocer, al menos, el halo que lo recubre.

La belleza –siempre hablando de lo establecido- es belleza en sí por su aceptación y la capacidad aprendida de fijar la vista en ella; admiramos algo y lo catalogamos de bello o no mientras que al caos no se lo puede catalogar hasta que se delimita; caos es todo aquello que se desconoce.

Entonces, el caos es belleza en potencia y la belleza es un caos aprendido; por ello, el caos tiene un orden no asimilado por la razón y la belleza es medida de orden ideal social. Desde el entendimiento, el caos es primero y belleza es último, pero, en realidad, es todo a la vez, lo mismo y diferente.

Actualmente se elimina lo que nos hace seres racionalmente evolutivos y saciamos nuestra sed de evolución con cambios insustanciales de adjetivación estancada. El sistema ha encontrado su equilibrio.

Ave.


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