El mimo excelso

image

Dicen que un mimo vivía en una inmensa roca, el mejor de todos, decían, soplaba y creaba maravillas, aún sin aliento al soplar. Su paraíso no era más que algo de pasto, roca sólida, tierra roja, un arroyo y el perfume intachablemente delicioso que dan estos últimos al combinarse.

También dicen que la gente venía de todos los puntos cardinales y se reunía al atardecer en la plaza debajo de su roca, día tras día, esperando su asombrosa actuación.

Hoy salió y, como siempre, sin emitir sonido alguno, estiró sus brazos y comenzó a marcar, perfectamente, los límites de una caja que luego se convirtió en un pesado bagaje. Sus brazos temblaban, sus venas al límite de explotar, apenas un gesto de suspiro denotó que había soltado el elemento.

Se inclinó, abrió la tapa y de su supuesto interior sacó lo que parecía ser una flor. La olió y, tomando sigilosamente un frágil florero, la colocó dentro. Casi al instante de finalizar ese movimiento ubicó el aparente florero detrás de él, a su izquierda, casi sin poder ser advertido. Entonces se sentó a esperar. Los espectadores exaltados coreaban su nombre como quien fuera el mismo messiah.

Al correr de los minutos el vulgo empezó a murmurar y preguntarse qué es lo que sucedía y por qué no hacía morisqueta alguna. De pronto, un niño foráneo, de los tantos que por primera vez observaba el espectáculo, se acercó, gesticuló una fuerza enorme hacia su izquierda como si de su vida dependiera correr eso que allí se encontraba, tomó la flor y con los dedos de su mano derecha comenzó a hacer un pequeño hoyuelo en la tierra; la gente observaba inquieta sin comprender.

Del aire tomó una regadera y vertió el agua sobre la flor. Luego, un gesto de exaltación extrema. Finalmente, miró al artista de lo invisible y se sentó a su lado.

El mimo sonrió, sus labios se abrieron, la multitud atónita se acercó temerosa ¡al fin conocerían su voz!:

-Tu que también lo has visto, has comprendido -sonriendo cómplicemente y meneando su cabeza levemente arriba y abajo-, has descubierto el secreto. Gracias, llegó mi hora de marchar.

Se levantó y, con lo visible, comenzó a caminar sin rumbo, dejando su paraíso.

Y así fue como el niño jamás emitió sonido alguno hasta la llegada de otro que aprendió a mirar sin limitarse.

Aún me encuentro aquí sentado, a tu espera.


© 2007