Se llamaba Maravilla; nunca supe su nombre. Solía observar como el café se perdía por su pullover azul, de esos que parecen tener pelos. Café tras café; su fondo llegaba más allá de las altas medias a rayas; negras y blancas. Profundo; al escalarlo, uno lo descubre lleno de sol, pero no de cualquier sol, sino de esos rayos que atravesaban el vitraux de la galería mientras tomábamos mates y café; cielo invertido.
Recuerdo; su sonrisa solo irrumpía por complicidad cómo quien se ríe exigido por una contracción en la boca del estómago; ironía. Mientras el agua en la pava es vapor soñando con un grito de libertad que he de ahogar en una caricia, comprendo que el mundo, al igual que Maravilla, se ha perdido en vapores que no llenarán taza, ni pullover, ni media, ni a medias. Tristeza; solo queda el café y los rayos sin vitraux; la mañana, las plantas, cuarto piso, interior, ventana. Gravedad.
2019