
No contaba con el apoyo mayoritario del pueblo para los comicios de mediados del ’32, pero los opositores estaban tan divididos que una victoria parecía inminente.
En marzo de 1933, a las pocas semanas de haber subido al poder, el Canciller logró obtener todos los poderes del Parlamento, que desde entonces se convirtió en una caja de resonancia del Ejecutivo, carente de voluntad propia.
Todavía quedaban otros poderes independientes en Alemania: el Presidente, el Ejército, los gobiernos regionales, los sindicatos, etc.; pero en los meses siguientes los irían controlando uno por uno.
Goebbels escribió en su diario: ‘Ahora será fácil llevar la campaña, porque podemos usar todos los recursos del Estado’.
Los bombardeos aéreos de los Aliados destruyeron numerosas ciudades del país y Goebbels procuró que la indignación causada no se dirigiera contra el gobierno propio, sino contra los atacantes.
Como las noticias de los frentes no podían ocultar las derrotas militares con eufemismos, Goebbels apeló a la solidaridad, la confianza y la voluntad de vencer.
Durante la caída de Alemania, Goebbels siguió haciendo creer al pueblo que la victoria llegaría finalmente.
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