
Este es el tercer mundo; hubo dos que no funcionaron.
(2006, Virtudes Republicanas)
¡Tanto deseamos pertenecer a una «escala humana superior» que todo plagiamos! Olvidamos que, por ese mismo motivo, descendemos de una cultura occidental que se caracteriza por la supresión del ser o la negación de sus accidentes. ¿Y qué hacemos en este descuido? Lo emulamos en casi su punto culmine histórico, tomando como modelo a las culturas más avanzadas.
Cualquier cosa que ellas hagan, la superamos desde la copia, desde lo que muestra, no desde raíz, tal vez centenaria. Deberíamos de observar y tener paciencia de acción; conocer y reconocernos.
No deberíamos imitar la muerte, silenciamiento, escape o domesticación del ser. No deberíamos copiar conductas enfermizas de rechazo a uno mismo, que enferman civilizadamente a la sociedad. No deberíamos copiar tendencias que ahondan la diferenciación retrógrada ya que, además de provocar el retroceso de nuestra sensibilidad, vamos a encontrarnos en el final de la misma tendencia, auto discriminándonos. ¿O será acaso que esto conlleva la cultura de punta?
Es imposible crecer dentro de algo que no nos pertenece: quienes manejan los estándares son quienes, ineludiblemente, van a manejar el crecimiento y, por decantación, la medición y reconocimiento de ello como crecimiento.
Un pueblo debe crear sus estándares con la propia virtud como aliada.
Lo bueno de estar presentes en el catálogo de subdesarrollados es que no tenemos la capacidad de respuesta social suficiente como para hundirnos en todos los «grandes vicios» del supuesto progreso. Lo malo es que tampoco tenemos capacidad de respuesta social de defensa, olvidando que, cuando aparece un vicio silenciador, su misma construcción ha generado las herramientas de responsabilidad, aceptación, defensa y control sobre él. Sin eso, este vicio puede convertirse en un asesino indiscreto, un virus silencioso que muta todo el estándar social.
La conceptualización cotidiana, el sistema de alerta y reflexión son el oro de la supervivencia de un pueblo.
© 2007