En las asambleas previas Samuel de Azpilicueta no se cansaba de advertir: Nos están matando de hambre, lo que planteo ya está pasando, compañeros; la diferencia es que no se atreven a rematar la faena. Hagamos que ellos se preocupen por tolerar que vivamos mejor . Sabíamos que nos incluía en el futuro como placebo de valentía y que nuestro papel sería ser el arte detrás de los trazos; la ciudad bombardeada del
Yo no quería morir. Samuel, sí. Era sensato que me paralizara. No solo sensato, sino también correcto. Alguien debía relatar este relato . Soy Picasso y el eterno retorno. Samuel era caverna, Sócrates, ceguera; futuro.
Sin confesión no hay relato.
Escribimos para confesarnos, para aliviar nuestros pensamientos en la ausencia; cartas. Lo presente quita cierta ocasión de perdón. Soy pasado; hoy entiendo que la ausencia denota la sensibilidad propia de la creativa merced que morirá en la presencia.
Necesito el perdón de la vigilancia. Mi legado será el ciclo; los hechos transcurrieron entre humo, fuego y sangre.