Aquí nos tienen ;
no soy un robot
- no lo niego, como usted, también necesité verificarlo -.  El relato pertenece a generaciones que vendrán. La ceguera pintaba con brea nuestros párpados: podía sentir espesa la gota mientras se formaba y, uno tras otro, los golpes tomaban cierto ritmo; tribal . La sonrisa de quienes observaban contrastaba con el silencio apócrifo de la escena; mute. La figuración lactosa de sus dientes retrotraía el tiempo a la niñez: recambio; misma encía. Tiburones .

La banalidad de lo desigual generaba la deshumanización y aquella exhalación terminal fue chimenea que las semillas aun no sembradas tardarían décadas en limpiar.

Lo recuerdo en un número redondo: diez años atrás cerraba la reja, saludaba al führer amarillo y me enlistaba entre asientos y cansancios; 110, línea negra. Congestión; la nostalgia por el abandono de mis estudios se vio representada en las expresiones de universitarios atiborrados que cruzaron nuestro camino. Hice sonar el timbre y caminé unas cuantas cuadras. No puedo – ni quiero - contemplar la posibilidad de que la psicóloga podría haber influido para que retome los estudios; la universidad estaba tomada. Le decía Facultad . Pasó diez años antes de ese día. Llegué al consultorio y me apuntaron con un arma; el día era hermoso y mi corazón latía nerviosamente.

No eran tambores.