Fue en marzo o septiembre, no recuerdo bien; sólo el tenue calor y mis pies ampollados por la pérdida de mi bicicleta. Caminé hacía mi niñez aventurándome en su búsqueda. Me enfrenté a incontables vivencias para, finalmente, encontrarla circa de mis cinco años. Medité. Era tiempo de regresar; tomé valor y, al subirme, tras perder el equilibrio, mi rostro se aplastó contra el suelo con singular flexibilidad.
Los años pasan y aún continúo sin poder estabilizarme; perdido, abismado.
2019.