El Fruto

La oscuridad reinaba en los pasillos, las habitaciones y el comedor; los inquisidores lo señalaban en la oscuridad. Él calló; calló por siempre y por siempre cayó.

Su voz, mutilada en la vehemencia, se anudó al silencio: su culpa era culpa de la culpa. «¡Dios!», no había culpables. Lo sucedido fue resultado del mero trajín de la vida vivida en conductas arraigadas que no se encontraban en resonancia con su ser, siendo, a la vez, causa del crecimiento y florecimiento continuo del fruto del castigo; ciclo que corroe, ciega, calla y somete.

Aún en su tempestad reconoce que, al madurar, besará el suelo y sus restos formarán nuevas vidas, nuevos soplos, nuevos seres.

2005.