La oscuridad reinaba por esos pasillos, por las habitaciones, por el comedor; y los inquisidores lo señalaban en la oscuridad; y el calló, calló por siempre; y por siempre cayó.
Su voz, mutilada por la vehemencia, se anudo al silencio: su culpa era culpa de la culpa; otras voces decían por lo bajo que no existían culpables, que el mero trajín de vida vivida en conductas arraigadas, que no se encontraban en resonancia con su ser y amor, eran la causa, la causa del crecimiento y florecimiento infinito del fruto del castigo, de la culpa que corroe, que ciega, que calla, que somete.
Al madurar besará el suelo y al estrellarse, sus restos formaran nuevas vidas, nuevos soplos, nuevos seres.
Fragmento:
El fruto (50 pasos & otros cuentos cortos).