A volar

Yo, tenía quince años menos que hoy. Ella, ya estaba allí cuando llegué. Era el ser más hermoso que había visto en mi vida. Los minutos pasaron, nos miramos, se fue y yo me quedé, como un chorlito, en silencio. Entonces, acongojado por mi timidez, decidí salir a tomar aire al balcón. Asombrado noto que ella ya estaba allí. Los minutos pasaron, nos miramos, se fue y yo me quedé,

Ayer, de mañana

Mis ojos acompañaban atontados el acompasado movimiento de su gargantilla; tragó saliva y mis sentidos se hicieron presentes. Noté el peso en sus párpados y la búsqueda nerviosa en su sonrisa. Con cierto temor, sin mirar a los costados ni estirar completamente los dedos, levanté mi mano. Sus labios se hicieron anchos como el sol en el amanecer, exhaló, menguantes, las palabras que nos pertenecerían: -Sabía que serías tú… -y

Clöt

I: Del nacimiento Caminaba entre pesares por un gran cañón cuando, de repente, la noche cayó de a gotas, como chaparrón de verano; la luna se congeló en un azul grisáceo y el silencio se escabulló entre grillos y hojas, haciendo del fuerte viento un leve silbido, de esos que no podemos aseverar si en realidad existen o son una simple molestia en nuestros oídos. Es entonces cuando me llama

El Fruto

La oscuridad reinaba en los pasillos, las habitaciones y el comedor; los inquisidores lo señalaban en la oscuridad. Él calló; calló por siempre y por siempre cayó. Su voz, mutilada en la vehemencia, se anudó al silencio: su culpa era culpa de la culpa. «¡Dios!», no había culpables. Lo sucedido fue resultado del mero trajín de la vida vivida en conductas arraigadas que no se encontraban en resonancia con su

Última guerra

– ¡Escucha! son los gritos sordos de la última guerra… – ¿Cuál última guerra? – ¿Es que acaso no hubo esa última guerra? 2005

Té de amapolas

Tengo en mis manos el más ferviente recuerdo de mi madre, el único que guarde junto a su fotografía y su ciencia: el Tomo VI del Diccionario Enciclopédico Popular Ilustrado, aquel impreso en Barcelona, aquel con el cual recorrimos en segundos Londres y miles de territorios más sin salir de nuestro hogar. Sin olvidar sus palabras subrayadas con vidriosa mirada, al fin comprendo su significado: ¡Hermoso el Támesis! ¡Hermoso! ¡y