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Clöt

I: Del nacimiento

Caminaba entre pesares por un gran cañón cuando, de repente, la noche cayó de a gotas, como chaparrón de verano; la luna se congeló en un azul grisáceo y el silencio se escabulló entre grillos y hojas, haciendo del fuerte viento un leve silbido, de esos que no podemos aseverar si en realidad existen o son una simple molestia en nuestros oídos.

Es entonces cuando me llama la atención un pequeño fruto a medio pudrir en el suelo que, al ser notado, comienza a inflarse hasta convertirse en una gran pelota blanda, cambiando de tonalidad en concordancia con las luces proyectadas de su interior. Una figura crece en ella, mutando segundo a segundo.

La gran pelota estalla y de ella emerge un pequeño ser baboso y palidamente amarillo respirando violenta y excesivamente. Mis adentros sienten la necesidad de una propuesta de acción; en respuesta, aparece una improvisada boca justo en el centro del misterioso ser.

-Clöt… -murmura casi sin gesticular

-Ho…

-Hola -responde y comienza a girar hasta perderse en la distancia y el día aclara.

 

II: Del crecimiento

Pasaron los días y los meses, tal vez años. Nunca mencioné aquel incidente. Llegó el invierno, la nieve caía como azahares en primavera y la noche, como ayer y hoy, se fue en ‘fade’. El cielo cambió a un anaranjado intenso.

La soledad de ese paraje es de colores muy fríos aún en verano; aún dentro de una caldera. A esta altura del año todo se multiplica. Me agrada el frío, sí. Me agrada el café caliente y jugar a evitar que las pantuflas se salgan mientras camino por la galería. Me gusta el aire de otoño en mis brazos y la brisa reparadora de verano.

-Es la fruta -giro sorprendido y me encuentro con aquel Clöt mutando de pequeño ser a espigada figura

-¿Cómo?

-Como es la fruta… -repitió y comenzó a alejarse a paso cansado.

 

III: Segunda mutación

Debo reconocer que la intriga ganaba al miedo en mi y por años me presenté en lapsos ante los confusos recuerdos de aquel Clöt. Hoy las nubes hacían un último intento por sostener a un sol enorme y amarillo.

Siento vibraciones en el aire y murmullos por doquier; en veloz ráfaga un torbellino edificó ciudades, seres de todos los colores y tamaños y, tras él, apareció aquella criatura que pasó de pequeño ser a figura espigada, mutando a gigante. Cuando la transformación llegó a su fin se agachó mientras sus ojos giraban en verde serenidad como rueda de paletas y todo su cuerpo era un inquieto frac negro.

-Coronel Clöt -se anunció con una leve reverencia y tocándose el pecho.

-Solitario -dije como si fuera mi nombre de pila.

-Solitario, entiendo las mañanas en tranquilidad y las tardes de revolución. En la oscuridad el ser se confunde con el deseo y su certeza disminuye. Es sencillo construir falacias en el caos. Permiso -de esa forma, se alejó entre la multitud.

 

IV: Tercer mutación

Las ciudades seguían en pie pero sus seres yacían doloridos. Aunque el paisaje se asemejaba, no hubo guerra, solo consecuencia. Todo era desierto y sobriedad, todo fue destrucción, todo es camino ligero. Nada crecía en esos momentos, ni siquiera el día.

Esta vez llegó sereno, dejándose descifrar en la distancia. El Coronel Clöt mutó una vez más y, al voltear, noté su rostro desfigurado. En ese momento entendí que mutaba conforme si hablaba o escuchaba. Clöt escuchaba. Nos miramos fijamente durante un tiempo prudencial y le digo:

-El viento se ha calmado.

-No ha habido viento desde el verano.

-Solo verano tras el viento -afirmé para dar paso a un molesto silencio.

-Con el tiempo aprendes que la apariencia es el opio de la ignorancia -dijo mientras se alejaba envuelto en sus principios, amenazante con el sordo y benefactor al ciego-. ¡Atento atentó…! -exclamó para desaparecer.

 

V: La despedida

Mis recuerdos se borraron, lo único que permanece en mí es el nacimiento, crecimiento y mutaciones de aquel Clöt. En ese instante comencé a dudar si mis días se ocupaban en esperarlo o en caminar hasta donde él esperaba.

Entre palpitaciones comprendo que Clöt siempre estuvo allí, todo fue percepción. Sus ojos aún giraban pero su espalda era curva y el viento y las ciudades eran escamas. El ocaso llegaba mientras las flores se refugiaban en la noche siendo semillas y, desde allí, esperaban la luz. El tiempo es espera para quienes definen su existencia en momentos.

-Tu mente ha desfasado a tu cuerpo; tu cuerpo ha desfasado a tu tiempo. Allí donde realmente estás, todo es en tiempo -sonríe calmadamente.

Deu… -sonrío y me dejo transportar por una fuerza que, provocando mutaciones en mi ser, me atrae hacia su centro.

FIN

Publicado en Cuentos