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Prosa fácil de mi yo interno

Dicen que hay personas para momentos, tengo la desgracia -¿o gracia?- de ser el de los malos momentos. Será que la píldora de mi felicidad -como la de todos- no es otra que la misma que causa dolor: la vida. ¡Se sufre tanto estando vivo! Sin embargo es la única forma que encuentro para hacer y ser. Cada instante es ese instante y muchas veces no estuve a la altura de la circunstancias para comprender que siempre estuve ahí dejando todo pasar.

Aprendí a amar desesperadamente y fui rechazado. Luego fui amado con desesperación y lo rechacé. Me convertí en el desencadenante de una enfermedad que pensé ser cura. ¿Acaso el aprendizaje fue rechazarse a si mismo? En ese entonces, si.

Comprendí que soy un amante de la tristeza, su mejor amante. Camino su desvarío e incertidumbre con pies arenosos, caigo y golpeo mi cabeza en sus zócalos de porcelana, me levanto y ensucio mis heridas con espinas para derramar el dulce vino y, como cual vampiro, contagiar la desazón al espejo.

Noté que los ojos tristes de una muchacha encandilan mi ceguera: “¡no soy el único!”, exclamo y corro a su socorro. A cada hora me pregunto si lo hago para satisfacer un alma desdichada o para ser la única persona en ese pozo.

Por momentos soy el que libera penas, el que no ven y está, soy aquel que te vendrá a buscar cuando lo comiences a ver.

Corría este mismo año cuando mis ojos por primera vez vieron belleza en su rostro. Dudo que llegara a mis hombros, aún con peinado alto. De ojos gitanos, sus labios sacudieron el entierro de la misma Virgen hablando en un idioma inaudible: el de la perdición, el de los gestos, el del deseo. Cuando la miro reconozco mi única alma y sus cien caras. De seguro que la oscuridad que me asecha también lo hace con ella. Siento que todo este tiempo vivimos en el mismo mundo con diferente decorado.

Siento que, ambos, en la penumbra perdemos coordenadas de nuestros cuerpos y el espacio. Siento que una mesa ratona se convierte en montaña y no sabemos como esquivarla o saltarla. Sin dudas, nos ahogamos con facilidad en un vaso con agua.

Si tan solo una vez hubiera visto la luz de su miel.

Entonces, sin perder el tiempo, le dije: «No tengo nada para darte, todo me fue arrebatado. Toma mi cuerpo y ayúdame a encontrarlo en la oscuridad, ayúdame a abrazarlo. Descansa en mi mirada esperando ver, en silencio y en el albor del amor, nuestros rostros. Llegará el preciso momento en el cual un hilo de luz se escapará de tu mirar para encontrar a tu rostro atrapado, bajo siete llaves, en mis ojos».

Ella sonrió, la abracé y me dije en silencio: «Maldigo el día en que te recordé, Amor».

(2004)

 

Publicado en Otros